sábado, 25 de abril de 2009

Del bosque a la puesta 1

Publicado en Pesca MAR, abril 2009


DEL BOSQUE A LA PUESTA

 

Pinares de ribera quedan menos y los trechos sin fin se han extinguido. Tal pasa en la costa mediterránea, donde las urbanizaciones, moles instaladas con apremio especulativo y sin contar con la ecología, se ha comido literalmente los antaño feraces bosques de coníferas. Es bello el paseo por una cuesta pergeñada a base de raíces que dan sostén a bellos ejemplares de pino costero ( “Pinus pinaster”), con sus perennes hojas brindando silbido al aire. El sosiego y complacencia que trasmite una jornada que comienza con una metamorfosis de hombre, dejado de inquietudes mundanas para convertirse en un “ ser natural”...sólo hace falta  acercar el rostro a una corteza, captar el olor a savia, a madera...para sentir la cercanía y saborear la vida.

 

En ese entorno, cuya quietud migra al son de los cantos del jilguero, del cuco y del sin par pito real (“Picus viridis”), no es difícil sorprender el normal discurrir de algún  reptil, culebras que abundan cuando el ecosistema se mantiene en un alto grado de pureza. Desde la víbora hasta el “humilde” escolancio nos recordarán que ahí están: regulando el equilibrio biológico con sus correrías en busca de insectos, anfibios y algún que otro descuidado roedor. En lo alto de ese postrero poste, que aún ata este paraje a la próxima aldea, un ratonero (“Buteo buteo”) se mantiene alerta, mientras una brizna de hierba al aire nos despista y deja ver, en un lapso, la acrobática, etérea  parada del cernícalo común (“Falco tinnunculus”).



 

El bosque explota su capacidad de adaptación, llegando a la misma estructura compuesta por las dunas, a los márgenes imprecisos de la laguna interior o a conquistar un mirador en la pared imposible de acantilado.

 

Pero aún no hemos llegado a la puesta.


Altivos carrizos (“Phragmites australis”) congestionan el placido transcurso del agua, acalorada en un vivo meandro. Ríos de cierta envergadura y muchos riachuelos se extinguen en una planicie donde los juncos de ribera, carrizos y cañaverales se convierten en lar de esas especies volátiles tan bellas, que saben perdurar en la memoria infantil: los ánades reales (“Anas platyrhinchos”), incluso los porrones, muy comunes todavía en la actualidad, dejan sus comederos norteños para aparcar en los humedales de la península; es un placer contemplar grupos con su enérgico vuelo en flecha, con dirección quién sabe dónde.



Esos cauces que desde la altura nívea procuran viaje a aguas cargadas de sedimento, se deslizan ahora quietos, con la parsimonia que procura el sinuoso meandro. Aquí, los terrenos se colonizan por carrizos de ribera; y las aves hallan cobijo, sustento y quietud. Es factible aún tropezar con estos rincones, que con acertado criterio has sido protegidos por las Administraciones Públicas. En este sentido, reclamo un apoyo constante a tales iniciativas, aunque tales ordenamientos supongan un inconveniente para el agente especulador y para el turista de ocio, que en las  antaño- este último- acampadas libres degradaba, sin quererlo, estos parajes.

 

La nutria (“Lutra lutra”), sí sabe dónde elegir morada. Nos fiaremos de este simpático mamífero para conocer el estado de la zona, pues no hay mejor indicador ecológico.

 

Con nuestras cañas de surfcasting atravesamos la duna, conscientes de pisar un terreno activo, que protegemos circulando por los vericuetos ya abiertos. Son tallos largos, pero finos, de una planta muy común como el barrón o amófila de arena (“Ammophila arenaria”); y el tacto pegajoso del látex impregna esta mano que perturbó la quietud de la lechetrezna marina (“Euphorbia paralias”), planta perenne que seguro hemos conocido ya en la infancia; también distinguimos, ahí a diez metros, el cardo marino (“Eryngium maritimun”), con sus recias hojas acabadas en hiriente punta...Todas conforman un esqueleto que colabora a retener la arena que el viento deposita detrás de la playa, constituyendo el sistema dunar un imprescindible reflejo del ciclo natural.

 




Estos ecosistemas son más complejos de lo que podemos deducir en una primera aproximación. Bajo ese aspecto simple, una multitud de especies consiguen establecer una relación integral que dota de vida al conjunto: insectos, mamíferos, incluso las bacterias que proliferan generando soporte de inicio.

 

Antes del vacío, un prado que se entiende con la sal, donde los topos agujerean por doquier y vemos unas excreciones que bien podrían pertenecer a un jabalí (“Sus scrofa”); y, escondida en el quebrado, una madriguera de zorro rojo (“Vulpes vulpes”)  que seguro protege a una tierna camada; y la tierra poblada de micelio que acaba por estallar ahí, emergiendo una  lepiota (“Lepiota procera”) que con los días dejará caer las esporas que renovarán el ciclo...

 

A veces los acantilados descienden en un tumulto de matorrales: tojos, brezos, espinos...que aprovechan un descanso donde establecerse, y que hacen del pescador un penitente, de suplicio en piel marchita. Pero merecerá la pena si, tras la cruel travesía, nos topamos con una puesta inmaculada, allá donde nadie turbó la quietud de un bando de sargos o de roballizas.

 

Pero llega a su fin no sin antes regalar la visión y el tacto agradable de plantas como la Armeria marítima (“Armeria marítima”). En Galicia la llaman la “herba de enamorar” (Hierba de enamorar), leyenda popular que sólo hace depositar en esta planta que crece en matas más o menos tupidas tan sugestiva  connotación.

 

El cantil ya comienza a sentir la gota de salitre, y en la superficie de los primeras grandes piedras un oscuro que parece de lejos una desagradable mancha de petróleo; pero, observado a los pies, reconforta saber que se trata de la “Lichina pygmaea”. Un poquito más abajo, ya el tono pasa a un gris amarillento, propio de la “Xanthoria parietaria”. Se trata de sendos líquenes, ubicuos en la costa, una combinación de un alga y un hongo ( el alga genera elementos nutritivos gracias a efectuar la fotosíntesis; el hongo aporta humedad y un soporte a las algas).

 

Hemos recorrido a pie, cargados con nuestros bártulos de pesca, pinares, meandros y dunas; hemos bajado acantilados, camino forjado en un dudoso equilibrio;  también hemos contemplado el ágil y rasante vuelo de  los caradriformes, aves limícolas que buscan en los cenagales larvas de insectos, anélidos, moluscos...Allá levanta el aire un chorlitejo grande (“Charadrius hiaticula”);  acullá, un ostrero (“Haematopus ostralegus”) introduce su largo y robusto pico bien adentro; un bando de rapidísimos correlimos comunes (“Calidris alpina”) se adentran en el estuario... La imagen del cormorán (“Phalacrocórax aristotelis”) desplegando sus alas sobre un peñasco, en la estación de “ secado rápido”; los meteóricos “picados” del alcatraz (“Morus bassanus”), que regalan una vista inolvidable; el devenir, en oleadas, de la abundante gaviota argéntea (“Larus argentatus”); el lento, mas poderoso, batir de esa garza (“Ardea cinerea”)...en fin, visiones que dejan una imborrable huella, una impresión que el cerebro acomoda y en modo natural procesa, llevando al cuerpo a una fase de relajación y placer...





Llegamos al fin a la puesta, con la experiencia vivificante del camino. Ahora, mientras ponemos a punto el material, ante la vista de una lata de refresco dejada entre las piedras, surge la temida reflexión ante un panorama cambiante.


Sigue...

 


 


2 comentarios:

  1. Como ya te comenté el otro dia, precioso relato ;)

    Un abrazo.

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  2. Es que me encantan estas descripciones Carlos; sin dejar de lado el estilo puramente literario nos metes de lleno en un libro de texto; la percepción cambia un poco cuando ves las cosas así... una pequeña mata te trae a la cabeza un nombre latino y un pequeño esquema clasificatorio de otras plantas que aunque diferentes, están ahí compartiendo linde porque aún siendo distintas, pueden aguantar la dureza de las condiciones igual que su "compañera"... y eso me hace fijar en las otras cosas que las rodean, las aves, los pequeños seres que pasan desapercibidos, e incluso la misma roca que pisamos,hace mucho tiempo solamente aire disuelto en la atmósfera y arena fina sumergida durante eones y eones en un mar cambiante de un mundo cambiante...desde luego, conocer solo un poco lo que nos rodea hace que nos planteemos en ocasiones las preguntas que todos deberíamos plantearnos alguna vez... ¿y qué mejor momento que la paz y la tranquilidad de la pesca?... gracias por estos "rincones" de magia escrita, son el principio de un sendero que termina en la comprensión de lo pequeños que somos, y cuando uno se da cuenta, muchas cosas cambian... un saludo.

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