lunes, 19 de julio de 2010

la lubina en el espejo...


Adjunto texto del artículo publicado en el especial TODO LUBINAS de Feder PESCAMAR.








La lubina: un tenue reflejo en su mirada…

PRIMERO

Lo que sabemos

Bullía, como especie, 500 generaciones atrás.

Cabe pensar que tras la última glaciación ya ocupaba un nicho ecológico como eslabón definitivo en la cadena trófica, en un ecosistema completo. Es de recibo colegir que la distribución irradiaba en amplio abanico, difundiendo la presencia por amplios sectores de la costa europea. Por supuesto que era prevalente en el mar Mediterráneo, donde seguro que asentaba su población desde la noche de los tiempos. Atenerse de forma escrupulosa a los parámetros Darwinistas, permite deducir que la historia evolutiva, de paso tan lento como contumaz, indicaría que mucho antes, más allá de las seis cifras, aparecería en el espejo dotada de un semblante muy parejo al que vemos en la actualidad.

En pleno paleolítico superior, una etapa en que se adivina ya el advenimiento de una especie capaz de un dominio global, concentra, eso sí, a través de una singladura de miles de años, una expansión de los métodos y tecnologías más primitivas, transformadas en utillajes y sistemas de producción cuyo futuro impacto aún no era posible ni imaginar. Aparecen signos tan evidentes, marcados por la creación de útiles que desempeñaban un papel fundamental en el aprovisionamiento, por parte de estos hombres de hace más de 8000 años, de peces. Una proyección certera arroja una costa europea jalonada de tímidas comunidades de hombres pescadores, cuyos recuerdos han servido para conocer la vida de tan alejados antepasados.

A la sazón, resulta probable que fuera bien conocida por estos pobladores, que a buen seguro sabían de su espíritu: ora conspicuo, impredecible y de mundanos gustos; otrora altivo, enérgico, cazador, marcado por la algarabía.


Bebió de todas las fuentes de conocimiento de la época. Hasta Plinio, en la primera centuria, encontró motivos para no omitir la mención, tanto en sus estudio de historia natural, que se pueden considerar como científicos de acuerdo a una clara vinculación a la herencia presocrática y helénica, como en otros, más prosaicos, tal cual compendiar la aceptación del pez en la gastronomía romana. Las lubinas ascendían por la rivera del Tíber, antaño poblado; y mostraban una vez más su variabilidad, con momentos de enérgica e irreflexiva compostura junto a otros, más circunspectos, vagos, carroñeros...En definitiva, a la mar lo que a la tierra era -y es- el lobo: oportunista, capaz de vivir en múltiples espacios naturales sometidos a diferenciales en gradientes (como temperatura y salinidad); de adaptarse a un espectro alimenticio sumamente diverso, y nutrirse de todo ser orgánico con capacidad para colmar las necesidades de energía de un glorioso depredador.



Permaneció escondida en los textos, mas seguro que presente en las mesas. Un periodo largo, demasiado abrupto y en el que toda la sabiduría reposaba en los monasterios, lúgubres recintos vestidos de granito y mampostería, que incubaron y dieron sostén a todo un salto cósmico que no se vio alterado hasta el renacimiento.


Es seguro que hacía su normal discurrir a lo largo y ancho de las límpidas aguas de Europa septentrional, cuenca mediterránea y norte de África. Y es de recibo que nadaba en poblaciones enormes, de acuerdo con las posibilidades de alimentación y con la escasa presión pesquera que se le supone a esta época. Las mallas, largadas desde frágiles chalupas, harían alguna mella en grupos reducidos, y tal vez cabe forzar la imaginación para iluminar la idea de algún pescador que ya empleaba vara de avellano y de caña, línea de cáñamo y anzuelos de hierro y acero moderno. Unos pelos, un anzuelo y plomo, elementos que la ingeniería del siglo XVI estaba muy en condiciones de aportar; y es bien seguro que fue utilizada en estos menesteres.

Discurría con plenitud, en cardúmenes inagotables, acechando a innumerables conglomerados de sardina, de boquerón, de caballa…


Lo llaman el Siglo de las Luces. Y bien debió ser, pues el XVIII marca un antes y un después en el concepto que hoy entendemos como “civilización” (al menos desde el punto de vista occidental). En todos los campos, desde la astronomía hasta la mecánica; desde la ingeniería hidráulica hasta la botánica…un rosario de ociosos vástagos de la nobleza pretérita y de la incipiente burguesía, ahondaron de tal forma en el conocimiento que la herencia -quizá envenenada- de hoy y de generaciones futuras a ellos se la debemos.

Linneo era Sueco, gentilicio que por sí sólo ya adelanta tópicas connotaciones, como rectitud y constancia. En él debían ser virtudes, cómo sino se explica el llegar construir un Sistema taxonómico que sirve para que un japonés y un español sepan hoy de qué animal se traga cuando decimos “Dicentrarchus labrax”. Lo incluyó entre un grupo bastante heterogéneo. Baste decir que sobrepasa cualquier pronóstico el “parecido” entre un Mero y un pez “tres colas”. Pero bueno, Linneo era así, y al fin y al cabo son serránidos, de boca ancha y proceder extraño. Y lo alejó, cabalmente, del espectro de otros depredadores de la costa, como palometones y anjovas. Así quedó marcado, con nombre y apellidos, de forma definitiva, aunque otros estudiosos de la materia también aportaron calificativos más o menos extravagantes.

No vale la pena entrar en este árido terreno. Seguro que le da igual y en el 1780 estoy por apostar que era abundante hasta lo insospechado. No había barcos a motor, la pesca admitía poco más que barcazas y traineras. La vida era durísima y las redes que se interponía entre dos cabos quizá no estaban al día siguiente.


De esos lodos… se inventó el motor, y se botaron nuevos barcos, y la capacidad se multiplicó hasta el absurdo. El nylon, cuya invención ya se pierde en la memoria de las postrimerías de la gran Guerra, primera mitad del pasado siglo pasado. ¡Menuda revolución! Redes finas, ligeras. Se podrían extender kilómetros. Y a fe que le hemos puesto empeño. Si hace 10.000 años contribuimos a exterminar los mamuts, cómo se nos iba a escapar la oportunidad de explotar todos los tesoros que el mar brindaba a nuestra disposición, eso sí sin medida ni concierto.

Llegamos al día de hoy 15 de febrero de 2010. ¡Caray, qué testarudas son! sigue habiendo, y no se agotan, parecen aferrarse a su mundo. Seguro que sus genes mantienen un calco de aquellas lejanas tatarabuelas que pululaban en la España cavernaria… y razono que la selección natural ha hecho menos que la emprendida, con cruel desatino y a destajo, por nosotros. Me place, al respecto, idealizar la imagen de que todo lo que han aprendido se trasmita a generaciones venideras.

Campos como la biología molecular dedican departamentos al estudio de los peces. La moderna acuicultura supone no pocos intereses económicos. Ya se dominaban técnicas de cultivo en la China de hace 3000 años y en la roma clásica. Pero ahora se busca conocer el genoma y completar el estudio profundo de las particularidades referentes al crecimiento, desarrollo genital y esfera reproductiva, habiéndose descubierto los ciclos integrales hace ya bastantes lustros. De ello ha degenerado una serie de problemas que no presentaban los especimenes salvajes, caso de enfermedades sistémicas y patologías de todo tipo.

Nos vanagloriamos de albergar profusos conocimientos. Con sinceridad, ¿conocemos a la lubina?...y me preguntaría también, sin entrar en cábalas de tipo esotérico: ¿nos conoce a nosotros, los humanos…? ¿Qué puede pensar? O, mejor, ¿cómo podemos interpretar la impronta que dejamos, por culpa de nuestras actividades invasoras, en este ser que respira mediante agallas?


SEGUNDO

Soy una lubina

Con esfuerzo imaginativo tal vez fuese posible llegar a una abstracción que nos permita saber qué impresión (por primitiva que ésta fuera) recae sobre los peces acerca de nosotros, bípedos humanos. Haciendo partícipe, de una forma más específica, a nuestra “reina de la espuma”: ¿seríamos capaces de dar un paso en este sentido? Es decir, sin llegar a cábalas esotéricas ni a devaneos dignos de psicoanálisis, cavilar en profundidad en torno a los parámetros que mueven a este pez, intentando ver, trasmutarse en un ejemplar de “Dicentrarchus”…y no me llaméis inconsciente, aun a sabiendas que puede parecer una pretensión ciertamente “desnaturalizada”, rallando con los límites de la cordura. Pero quizá sea éste el estado que nos otorgue una capacidad para atisbar aquellas costumbres que no hemos sabido descifrar con el empleo de los métodos deductivos basados en el estudio natural realizado bajo las fórmulas instauradas por la ciencia contemporánea.



Así que lo hacemos ya, cerramos los ojos, e imaginamos…


Soy una lubina, vamos no sé qué soy... Realmente, la idea que tenemos de esta especie se basa en los estudios que nos permite el desarrollo de una potente e imaginativa corteza cerebral. Pero como perciforme, dispone de un preponderante cerebro primordial. Así que actividades cognitivas que no están a su alcance no nos las podremos permitir. Entonces, como premisa, no sé lo que soy…

Busqué la comida agrupada junto a otros. La visión de los compañeros, en edades tan juveniles, tal vez me dio carta de naturaleza. No hay espejos en el mar, pero sí sé de lo que soy capaz. Los genes mandan mucho en un teleósteo con este grado evolutivo. Tanto como para dominar normas de comportamiento tan ineludibles y representativas del “ese ser pez”.

Y siendo lo que soy, en ocasiones no soy consciente de mis capacidades. Y lo comprobé bajo la luz del sol, cuando ataqué esa comida llena de rayas, que no pude tragar, demasiado grande.

Se guiará por esa energía interna, pues no hay otra manera. Al minuto, los agitados padres abandonan los ovocitos fecundados. El embrión crece y nace una miniatura que consume rápidamente el vitelo. Y no hay cuidados, ni periodo de adaptación. Todo dura muy poco y ya hay que tener suerte para alcanzar dos semanas de vida.

Pero eso se come, y no sé qué es, pero está bueno. Y el plancton da las primeras dosis de ATP que fortalecen musculatura y encaminan con buen pie a esta hermosura.

Todo pasa sin yo saberlo, de forma programada. Pica el hambre, y mis compañeros atacan a esos animales con caparazón, algunos hieren. Y otros son más blandos, y los persigo donde el agua cambia de sabor.

Deambulo mezclada, sin identidad, en un grupo de hermanas o primas; y voy creciendo, sin saberlo, y mis amigos ya son menos, pero no me importa. Ahora tengo “algo” en mi interior, que me hace padecer más hambre, aún. Busco comida, y cuando los días menguan algo llama mi atención. Sé que hay comida donde el agua es más profunda. Lleno la barriga con esos peces alargados, y como a destajo esos animales de concha bastante dura, que flotan y reman en el agua. Qué fácil se cazan esos…


Pero no sé qué soy. Mas esta inquietud que residía en mi interior opera un cambio. Si supiera lo que son, diría que mis genes se manifiestan generando unas proteínas y unas hormonas que hacen que empiece a madurar. Por el momento, desaforado apetito…

Hasta que me embarga un irrefrenable sentimiento, una orden interna que me hace buscar un fondo tranquilo. El lecho es buena cama, de guijarro fino. Un corto lapso, saliendo y siendo rápidamente rociadas por varios machos, que vaya cómo se lo toman en serio.

No sé cuanta distancia habré recorrido. Si cuento por temporadas frías, no menos de quince. Mucho tiempo, casi demasiado. Un privilegio, pues ya no conozco a nadie de mi generación. Vago con pleno poder sobre un mapa detallado. Tantas idas y venidas me han fatigado. Un día, de forma tan extraordinaria como natural, esa lubina deja atrás una vida plena, y una vasta generación cuya suerte está en entredicho.

Ahora, en esa agonía, recuerda cómo aprendió a sortear esa sombra, que blandiendo un instrumento que plateaba, le infringió dolor. Tardó en recuperarse, mas no olvidó esa figura tan extravagante.

Se mira con cuidado determinar el movimiento de esas presas, de esos pececillos. Aprendió bien a moderar la vista y la línea lateral. Incluso en aguas turbias o en las tinieblas, los ejercitados neuromastos le dicen que no, que no es una comida, que clava y duele. Como aquella vez, que tardó varias semanas en soltarse de esa espina que prendió en el labio.

Nadar con tanto impedimento no es tarea fácil. Por eso se habituó a acercarse donde las aguas cubren poco con presiones bajas, y con mucha corriente. Así supo que podía evitar el tropiezo con esos nefastos artilugios.

Pero el hombre…nunca reconocí un ser de esa naturaleza. No sé qué es todo esto, pero sí he aprendido a reconocer que no es bueno para mí, y así he sobrevivido.


TERCERO

Dos seres duales



El Homo sapiens ha demostrado, con apuesta vehemente y decidida, cómo es incapaz, en muchas ocasiones, de modular el comportamiento emanado desde el cerebro primitivo. Qué duda cabe que tenemos el útil para evitar los perniciosos efectos de tan resistente maraña neuronal: una corteza cerebral que se desarrollo durante un proceso de 4 millones de años, que nos llevó desde los árboles al suelo de la sabana deforestada, y que nos obligó a levantarnos para ver por encima de la pradera en época de lluvias. Liberadas las extremidades superiores, qué mejor que utilizarlas para algo. Y ese algo fue, poco a poco, pautando el entrelazamiento y multiplicación de neuronas. Ello nos dio, con el paso de milenios, la razón. Sin embargo, para nuestro pesar -y el del planeta- las más de las veces no somos capaces de arbitrar sistemas de convivencia integrados en el entorno. En el haber, sí, momentos de lucidez, cuando nos volcamos, de forma decidida y entusiasta, en insuperables momentos de solidaridad y en la creatividad más abigarrada y explosiva de la galaxia.

En un momento, quedo prendado de tanta belleza. Escruto en su mirada y me pregunto ¿qué pensará tan admirable ser? Y decido liberarla, darle un camino a su medio. Se agita y coletea, en agradecimiento, o mejor - pasiones aparte-, sin saber muy bien qué ha pasado.

Otras veces, surge ese instinto atávico. Contradictorio, si tenemos en cuenta que mis necesidades nutritivas están atendidas, sino saturadas. No obstante, ejecuto el arte de la pesca, y doy muerte a este animal que reverencio.

Si nos empecinamos en buscar, la cultura humana rebosa, en cualquiera de los campos, ejemplos que ponen de manifiesto tamaña incoherencia. El sentido del bien y el mal, del Ying y del Yang, de la Bella y la Bestia…en definitiva, como pescadores que somos, nada que se aleje del sentimiento que Heminway supo trasladar, con una maestría sobrecogedora, en “El viejo y el mar”.

Me acepto, no hay choques. La decisión es mía, como pescador. Y otras veces, es la lubina la que supo evitar mi engaño.


¿Y nuestra protagonista? Emular el sistema cerebral de forma que nos permita evaluar su pensamiento excede lo posible. Lo hemos intentado hace unas cuantas líneas, y sólo hemos conseguido una ficción basada en los recursos de que estamos dotados gracias a las nociones disponibles. Si nos dejamos arrastrar por la visión romántica erraremos el tiro. Lo más factible, dada la escala evolutiva en que se encuentra, es que la conducta, como en otros peces situados en el vértice de la pirámide del ecosistema en que está integrado, sea modulado directamente por los genes. Que su capacidad para alterar la herencia se halla sujeta a tales limitaciones que sólo ciertas adaptaciones menores (del tipo de la alerta ante nuevos avatares, como el impacto de la actividad humana) pueden trastocar el proceso evolutivo natural. La pesca, desde todos sus ámbitos, jugará siempre un papel trascendental, al pervertir el ambiente marino. De este asunto ya hemos adelantado algo, así que lo que nos conviene es percibir lo limitado del conocimiento mutuo.

La lubina no sabe qué es un ser humano. Eso sí, ve los rastros y curso efectivo de su acción. Padece las consecuencias y sigue con sus hábitos adquiridos, los más importantes. Pero el hombre, ¿qué ve en el pez aparte de una fuente de alimentación, de recursos o, de un trofeo que puede colmar nuestras expectativas agonísticas? Quizá no vemos más allá. Tengo la certeza que la selección natural no va a obrar demasiados cambios en el combinado genotipo-fenotipo de ambas especies tan alejadas filogenéticamente. Tampoco me quedan dudas que dentro de 100 generaciones, cuando el mar transforme en arena pulida el bloque de cuarcita que ahora cae del acantilado, este serránido seguirá surcando las procelosas aguas europeas, tomando el espacio que ocupó, en su momento, otra especie que nunca conoció realmente, el Homo sapiens.

Personalmente, me siento tan caduco que intento integrar la visión de este pez, y lo vuelvo mítico, a sabiendas que todo lo que sé no me sirve para predecir sistemáticamente el comportamiento de ésta, tan arrogante como pusilánime, tan evasiva como temeraria.

500 generaciones y las lubinas bullirán de nuevo…

Carlos Redruello

1 comentario:

  1. Aupa Carlos:

    Impresionante articulo, me he sentido un poco lubina. He creido entender sus vivencias, rutinas y miedos....

    Un saludo

    ( Iñaki Muga )

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