lunes, 5 de agosto de 2013

Sigo "molestandolas"...

Aunque  de forma mínima en comparación con otras actividades, los pescadores de costa también ejercemos cierta injerencia en el medo marino. Nuestra actividad perturba el normal desarrrollo en un ecosistema ya muy mermado en sus funciones y equilibrios. Pero nos lo permitimos, sabedores que esta pasión siempre será deportiva, por cuanto se trata de un arte, de emplear una caña y unos señuelos que incitan a un depredador.





Y sí, me permito molestar a las lubinas de nuestro litoral. Lo hago, lo repito como si fuera el último día, pues: ¿quién sabe cuándo llegará ese momento indeseado?

Lances  por doquier, hasta que el hombro, que sigue intentado mejorar por su cuenta y riesgo, me dice ¡basta!

Es suficiente con esa sensación del ataque de un pez mítico para desear volver al día siguiente, en ese "reset" al que me he acostumbrado, que más bien es una dosis de droga blanda. Y con la moderación extra que supone dejar intacto el medio ( acostumbrado a ver tantos desperdicios de  pescadores desaprensivos) y las lubinas nadando felices, eso sí, tras la correspondiente instantánea. Manipulación, sí, pero bueno, hemos llegado a este acuerdo, cargado de superstición y buena fe...

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