miércoles, 20 de agosto de 2014

La guinda del pastel.



Sea en arenal urbano o en ignoto pedrero, sea en marzo o en noviembre, sea en alba o medio día, sea entre nubarrones o en pleno cenit solar…la lubina no habita entre nubes de algodón ni en campos de maíz maduro: está ahí,  donde la tierra acaba, circulando en sus rutas marinas, en su reino de mil millones de metros cúbicos de agua salada.

El insondable mar, su espíritu vital y el tiempo cambiante de nuestra costa la hacen perdurar, aunque muy mermada. Ha de esquivar aparejos, ha de combatir polución…pero ahí sigue, a lance de caña del pescador deportivo.

Estuve sedimentando unos días. Dedicado a mi familia, pasé varias jornadas sin contacto con playas y cantiles. Casi tenía en un lejano recuerdo las lubinas de la pasada semana. Ayer decidí hacer un esfuerzo para combatir esta inactividad tan perniciosa.  Con la connivencia de mi querida pareja, pude partir temprano y sin apuros. Visité a Gonzalo (Gonzalo Parafita, gerente de Atlántida pesca deportiva, en Carballo- A Coruña) pues en ese local siempre se habla de pesca y además quería adquirir algún material. 

 
Una buena compañía ayuda a combatir la misantropía que padezco. Y este hombre, dotado de una experiencia sobresaliente amén de un jovial carácter, me ayudó a encontrar paz y a llevar con alegría una tarde que no prometía.



Mucho nordeste, muy bronco, pero buen tiempo para pasear pedrero, actividad que venía empeñado en realizar. Con aire escéptico nos movimos, cuando Gonzalo prendía de un top water una lubina escolar que pronto devolvió a su medio.



Lance aquí y allá, con intención y perseverancia, que al final tuvo su guinda, ofrecida por el mar, para aderezar tan agradable tarde. 





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