martes, 7 de octubre de 2014

"El pedrero inerminable"



En el atardecer centelleante de esos días de vendaval sin agua, adoro esos cantos dorados. Como si de una bola mágica se tratase, paso mis manos por encima, disfrutando de ese calor mineral alimentado durante unas horas. En general, me encanta abrazarme a rocas, piedras, cantos gigantes y peñascos. Una mineralofilia que no me viene de ninguna formación especializada; más bien de una vena interna sentimental, que me une, como el oso a su madroño, a todo lo que es puro y eterno.

También entablo relaciones de amistad - y profunda reverencia- con toda suerte de  árboles, arbustos y plantas. Mi hijo se lo toma como algo normal, pues con tres años estrechar la rama de un abedul es algo cotidiano, tanto como  ponerles un nombre ( para lo cual se me llega a acabar el Santoral).

En los pozos vemos los sarguitos, los escurridizos blénidos, las saltarinas quisquillas y gozamos de la belleza de anémonas y algas de todo tipo. Y da gusto saber que los balanos nos ofrecen un rugoso tapiz que impide que estemos dándonos tortas cada momento. Son un sistema anti-derrapaje increíblemente efectivo. Los pisamos, a sabiendas que algunos se dañan, y eso no me gusta, pero…


Luego viene una lubina, o un sargo, prendidos en el anzuelo, y los mato, literalmente...comportamiento muy contradictorio, lo sé. Es así, hay algo dentro de mí que me lo permite y perdona, he de reconocerlo.Y aquí está mi límite, pues no gusto de satisfacer mis profundos genes agonísticos a base de dar captura a piezas ni de pelo  ni de pluma.


Empezar con el sol a la espalda, en alba inmaculada de julio; emprender el camino por este pedernal, persiguiendo la parábola solar hasta el crepúsculo; repetir otra vez, otra más…imagínense que nunca se acaba, hasta el infinito de la propia muerte. Es uno de mis sueños de referencia, que sin lugar para la duda tiene conexión con cierto desequilibrio sináptico, vamos, con una locura manifiesta. Pero es así, un pensamiento, o el titulo de una película: “el pedrero interminable”.

Porque todas las playas, pedernales y cantiles que he caminado, que son muchos y variopintos, acaban en algún punto. No sé, te metes en ese mortecino proceso de ascenso y descenso, de saltos de una roca a otra, de ese arenal en que te entierras…y una mezcla de cansancio y la llamada a la realidad de la vida te hacen abandonar. Hablo del sueño, de la idea  en sí misma, del poder del deseo que no se acomoda a las estrechas costuras del cotidiano devenir, ¡maldita sea!


Sueño con los ojos abiertos, en ese roquedal infinito, repleto de posturas donde paro y pesco, donde siempre encuentro nuevas oportunidades en un escenario nunca hollado, donde me convierto en un híbrido entre mineral y mar, dotado de un cuerpo capaz de regenerarse por la noche, con mi caña de pescar siempre a punto. Y dieta de percebes, mejillones, algas y peces…y agua pura de manantial para beber, ja, ja…

3 comentarios:

  1. Carlos, todo ello lo pude pasar de sueño a realidad, al que apodas "el pedrero interminable", que para mi tiene coordenadas exactas, que si que termina, pero al menos durante unas horas te permite desconectar de la realidad y vivir tu sueño. Porque para mi es lo más cercano que he estado de ese súmmum que me posibilita aguantar el devenir diario. Y mientras a seguir soñando.

    ResponderEliminar
  2. Recuerdo este relato o uno parecido al anochecer en Pescadoira, 21/06/2008 ... "El pescador incansable"

    salU2

    ResponderEliminar