viernes, 30 de marzo de 2018

Acaricio sus mejillas y sus cabellos. Inocentes, duermen como ardillitas en su acogedora madriguera. Me llevo su calor.

Está frío, de aire que la montaña engaña al pasar por sus nevados picos. Vendaval de invierno, en una primavera que no deja los manzanos florar.

Paso por luarca. Me encanta un paseo cuando los bares apenas  abren la cancela. Lejos del tumulto de estos días, disfruto la belleza de mi villa marinera.

El coche me lleva por la carretera nacional, la antigua vía de serpenteante trazado. Ese asfalto enrevesado de antaño, cuando el viaje a la capital obligaba a parada y fonda; cuando podías escuchar una cassette tres veces, detrás de un Barreiros de dos ejes; cuando en el mar había roballos y yo era un pipiolo...

Ahora contemplo el mar, desde este Otero incomparable, en Puerto de Vega. Ondas enormes, que casi me quitan las ganas de tomar la vara; que entregan un panorama que apetece admirar desde un banco de granito. Si no hubiera tanto frío...


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