Es de respetar que cada pescador encuentre su mejor manera. Pero los cada día más escasos roballos de costa merecen un tipo de entrega muy especial, que no es ni más ni menos aquella fórmula que nuestros antepasados manejaban.
Dedicar horas a recorrer playas y rias con equipos ligeros constituye un saludable ejercicio. Pero los agujeros son unos pocos y siempre difíciles. Es pactar con el diablo en salidas cortas, fantasmagóricas al orto y al ocaso. Ahí donde ejecutar ese prometedor lance, unos cuantos como mucho. Allí donde perder la vida en un momento...Y decirse a uno mismo: “ nada, no andan por aquí, mañana más…”
Esta es la esencia del verdadero pescador de robalos. Pero cualquiera tiene derecho a sentirse pescador de lubinas, no soy quién para negar esa ilusión.




















































